verdades

La Balconada, 5 de abril del 17

8 33 am

Alicita duerme arriba. Yo me levanté muerta de calor y abrí la ventana. El cielo de todos colores. Las ventajas de los días cortos.
Tampoco era tan temprano. Me metí en el baño, me acordé y abrí la puerta de la casa por si venía Javier y cerré la puerta del baño.
Cuando salí, con el pijama en la mano, la gata me ronroneaba debajo del marco. Me la quedé mirando puta madre, me olvidé que andaba en la vuelta. Es gata, no gato. Se dió vuelta con la colita parada mientras yo estaba inmóvil, paralizada, tratando de decidir qué hacer con semejante dulzura de la cual sigo sin estar dispuesta a hacerme cargo y mucho menos hasta que se muera...
Ella seguía dando vueltas alrededor de mis pies descalzos. Refregándose al pasar contra mis piernas y dejando claro que se instaló acá. Definitivamente la bicha estaba totalmente domesticada. No se las va a arreglar sola. Me lloraba. No había que ser muy inteligente para notar que estaba cagada de hambre. No quería darle de comer en la casa para que no se sintiera en casa. Ya con shula y rita, y angélica me quedó bien claro que uno no adopta un gato, es el gato quien lo adopta a uno.

Una vez que un gato se siente en casa, la casa es de él. Vos sos un huésped. Estás sujeto a sus reglas. No sos más libre de elegir lo que querés hacer. Menos que menos yoga ni dejar comida en la mesada.

Más tarde llegaron Javier y Gustavo. Se pusieron a trabajar y hablamos de los terrenos que me ofreció Fabricio. Están todos buenos. Necesito irme a vivir a algún lugar.

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